Conociendo el dolor
Esa noche descubrí por mi misma una simple y sencilla verdad; "no hay dolor ni angustia semejante al de una madre que ha perdido a su hijo", cruel tormento que ahoga cualquier alma de la forma mas hiriente e ingrata. Maldita y perturbadora noche en la que por primera vez veía a mi pequeño y hermoso niño extraviado, convertido en un extraño que ni mi pecho después de sentirle por tanto tiempo podía recordar, era como sí todo mi ser se estremeciese al descubrir una nueva presencia en el mismo cuerpo que una vez salió de mis entrañas.
Triste pensamiento que se adentraba una y otra vez en mi mente, atando mi mirada a los ojos de aquel agredido crío que sin dejarme de observar me recordaba como ese detestable ser tenia cautiva su serena mirada, sí, esa mirada que no titubeó en invadir mi mente y provocar que le gritase desde lo más profundo de mí persona que volviese, pero no sucedió.
No importaba lo obvio que fuese, mi espíritu no podía tolerar su perdida, estaba ida en mi sufrimiento, tan ida que colapsé. Pasadas unas horas desperté en mi habitación, creí que se trataba de una pesadilla, me levanté y me dirigí a la sala, contemplé a mi amado aterrado, estaba sosteniendo su cabeza mientras se perdía en sus pensamientos, desesperada busqué a los niños y vi lo que ansié no fuese veras.
No importaba lo obvio que fuese, mi espíritu no podía tolerar su perdida, estaba ida en mi sufrimiento, tan ida que colapsé. Pasadas unas horas desperté en mi habitación, creí que se trataba de una pesadilla, me levanté y me dirigí a la sala, contemplé a mi amado aterrado, estaba sosteniendo su cabeza mientras se perdía en sus pensamientos, desesperada busqué a los niños y vi lo que ansié no fuese veras.
Abrasé al mayor y dije ¡oh Dios!, esa cosa se ha robado su tierna voz, voz que amé escuchar, voz que soltó sus primeras palabras y me hizo la mujer más feliz del mundo. Fui tonta al pensar que recibiría respuesta pero no me importó, ya nada importaba. Levanté mi cabeza y pregunté, esta vez a la bestia.
Oh cosa espantosa ¿por qué dejaste tan pavoroso balanceo, semejante a hipnosis en su cuerpo? ¿qué ganas con eso? ¿Qué ganas con verle así, moviéndose de adelante hacia atrás sin parar?
Mira, mira sus manos, tan pequeñas y frágiles, pegadas a sus oídos como si de un imán se tratase, ¿no sientes dolor al verlas golpeando sus orejas de forma suave y repetitiva?
Al no oír respuesta me entregué a las manos de Dios y juré no abandonar a mi pequeño, juré no renunciar a la esperanza de recuperarlo, de verle de nuevo conmigo, con nosotros, juré vengarme de aquel ser; juré destruirle, juré, juré y juré.
